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Una noche con José Madero
Vamos a ver a Papá - Reseña
Publicación: 4/12/2017

Era el primer día del mes y las calles del centro histórico ya gritaban “navidad”. Todo estaba bañado de ese aire de alegría y esperanza de las fiestas de decembrinas. El Teatro Metropolitan anunciaba en esas inmensas y características letras doradas lo que una fila inmensa de personas sabían: José Madero.

Aún entraban raudales de personas al recinto cuando Hey Bésala, banda producida por el propio Pepe, ya resonaba en el lugar. Algunos corrían, casi cayéndose, a sus lugares. “Ah, no, no. Es una banda abridora”, decían con alivio. La peculiar mezcla de sintetizadores con potentes guitarras fue bien recibida por la audiencia, que sin dudar ni un segundo les gritaba y aplaudía con una familiaridad que sólo se puede ver en los fans del rock. Entre “detalles” de audio y la adrenalina del momento que tenia el vocalista, fue complicado entender las letras o el nombre de la banda (que era claro que constantemente decían). Se despidieron haciendo un buen papel y dejando al público “calientito”.

El escenario estaba listo y, aunque las calles eran todo felicidad por la temporada navideña, Freddy, Jason y Pinhead relucian en el fondo del escenario, flores negras adornaban los instrumentos y bases de micrófono; un tono oscuro y melancólico se sentía en el foro. Entre esa penumbra, salieron varias siluetas, la más importante al final, claro. Inicio de golpe, sin decir nada, encendiendo luces rojas y blancas que pusieron de inmediato al Metropolitan de pie.

El ex vocalista de Panda (Pxndx pa´ los fans) era un ídolo, la gente coreaba cada palabra como si fuera un credo, una forma de vida. Pasaron varios temas antes de detenerse a hablar. “Bienvenidos a una noche con… nosotros”, decía a nombre de él y sus músicos. Breve, conciso y de regreso a la acción. Los fanáticos más clavados lo agradecieron, gracias a eso, la hora y media de show daría para un amplio repertorio que pasaba por favoritas y “joyitas perdidas”. Dígase lo que se diga de el, frente a su publico es respetuoso y entregado. No cabe duda que allí arriba, se desvive por sus fans rola a rola. Pero aclaro, es un gran tipo… con sus fans.

No pasaba ni medio show cuando había una notoria complicación con su micrófono. ¿Era su monitoreo? ¿Había una falla con el micrófono? No era claro, nunca fue evidente ni para los más fijados. Lo que sí es un hecho es que tiene su carácter. Es fuerte en su forma de dirigirse al staff, y tristemente sus caras lo delataban. Eran esas lascivas caras de “no ma#%s”. “Aguanten, aguanten… Porque pues… no pienso tocar con una guitarra desafinada.”, decía irónicamente en otra ocasión con ese pesado acento regio mientras hacia una mueca. ¿Tenía razones para hacer caras? Probablemente, hubieron muchos detalles técnicos (ninguno crítico o muy notorio a la audiencia, cabe destacar) que pudieron haberlo hecho explayarse como lo hizo. Cada parte tendrá su parte de razón. No pasó a mayores.

En fin, noche de contrastes. Aún con todos los contras que pudiesen mencionarse, la sonrisa y el éxtasis que mostraba el público era indescriptible. Las playeras de Carmesí, de Poetics, incluso esos de La Revancha del Principe Charro gritaban a todo pulmón a cada canción. A veces ni siquiera lográbamos escuchar la voz de Pepe (y es que entre las tres mil personas que coreaban y la poca ayuda que era el ingeniero en audio, no era complicado). “Papá”, como le decían algunos entre las butacas, daba cátedra de su versatilidad en el escenario, mostraba un crecimiento que se ha gestado desde aquellos años de “Arroz con Leche” (2000) y hoy. Se movía sin dudar entre su guitarra eléctrica, una guitarra acústica y hasta un ukelele, sin dejar atrás el ir y venir al rededor del escenario cuando sólo cantaba. Brutal.

Un gran segmento en guitarra acústica y un encore (algo forzado) dieron cierre a la noche. Sin temor a equivocarme, diría que el concierto fue hecho para FANS en toda la extensión de la palabra. Si no sabías las canciones o no conocías de lleno lo que Pepe hacía como solista, era difícil engancharte con él, sólo un par de temas de su banda dosmilera sonaron en el set (y no los más conocidos). Fue un concierto, no un show. Puede sonar ambiguo, pero creo que es justo mencionarlo. Eso, aclaro, no demerita en nada el excelente trabajo que José Madero y todos los músicos mostraron. Es de destacar que, si bien la voz de José aloca claramente a Panda, al igual que la generación que lo llevara a la cima en sus tiempos, creció de cantar canciones de dolor y penas a cantarle a la nostalgia, la amargura y la melancolía. Un fenómeno que vimos con muchas bandas que pasaron de ser las “clásicas bandas emo” a crecer junto con su publico. Y sí, el que llegó ahí, sabía a lo que iba, y fueron bien recompensados por su “Papá”. Al final, eso querían, “una noche con José Madero”.



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Reseña de JOSÉ MADERO en el Teatro Metropolitan
NACIONAL 4/12/2017


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