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Camilo Séptimo
vuelven un antro milenial el Metropolitan - Reseña
Publicación: 30/11/2017

Por: Ángel Armando Castellanos 'Araña'

Iniciemos por el final. Terminar un concierto antes de las 11 de la noche es mandar a la gente a dormir temprano. Probablemente también es proteger a quienes viven más lejos y salen corriendo para alcanzar metro mientras comen una torta de jamón vegano -¿existe el jamón vegano? Es ser romántico, cursi, milenial. Así como el antro en el que Camilo Séptimo convirtió el Teatro Metropolitan.

Soldout asegurado. Una fecha más anunciada que también estará llena salvo que la reventa vuelva molesta a casa. Confianza a pleno. Todo sale bien. Encima hay seguridad de que la gente va a cantar de principio a fin... Y una producción de no mames.

Camilo Séptimo gritó "¡amor!" sin necesidad de atascar de corazones el escenario. El único que se lograba percibir a medias llegó en uno de los momentos más dulces del show. "Amanecer" como soundtrack de esa parte bonita de la película en la que abrazas a tu pareja y le juras presencia eterna. Un rectángulo de luces LED con la animación de la salida del sol en medio del escenario y abajo, en el asterisco del centro, un corazón. De fondo, luces cálidas.

En cada canción ese ritmo bailable que te hace pensar en cómo se conocieron tus papás en una disco ochentera o noventera. La iluminación, digna. La letra de la canción, ideal para provocar ese brillo en los ojos que se traduce en un "te la dedico" de ambas partes. El tono la voz del cantante lleno de ternura. Y atrás de ti una butaca que impide que te muevas con la libertad que quisieras. Dentro, tu conciencia y tu cartera asumiendo que es temprano para consumir más alcohol y que eres tan sano que no traes un ácido para potencializar el viaje que ya te estás dando entre luces de neón. Tampoco se percibe ese humito que tanto romanticismo le da al momento. Obviamente tampoco hay sexo salvaje.

No lloras cuando la abundante cursilería le canta al olvido de un amor no correspondiente y/o no correspondido. Las educadas luces de celulares sólo se prenden al inicio -cuando sorprendentemente nadie está de pie, sólo los acomodadores- y al final del show; eso manda al carajo cualquier sensación de irritabilidad. Ni modo que sueltes el lagrimazo sin sentirte demasiado emocional en ese instante suave y cadencioso como el vicio que sabes que como buen milenial no te alcanza para adquirir.


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