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RADAID Y LOS MÚSICOS DE JOSÉ
Raíces alternativas en el Lunario - Reseña
Publicación: 17/7/2017

Por: Ángel Armando Castellanos 'Araña'

Unos invocaron a dioses. Otros vieron como se manifestaban. Unos jugaron al vudú. Los otros pudieron padecerlo. Complicidad en 360° de principio a fin. Sonrisas arriba y baile abajo. Radaid primero. Los Músicos de José, después. El Lunario como testigo.

Había espacios entre la gente. Pudo planearse así para permitir la danza constante. El show lo abrió Lizy Lai. Le cantó a los enamorados. Voz azucarada y músicos de colores. Sonrisas en lugar de coros como respuesta del público que recién llegaba.

Siguió Piero. La misión era calentar al público. Necesitaba abrir su mente. Lo logró porque las miradas se centraron en lo que estaba haciendo. Su imagen sin pelo y con barba ligera generaba expectativa. No hubo locura colectiva con los riffs, pero sí atención.

Apareció Radaid y el lugar estaba casi lleno. Un muñeco parecido al de un ritual vudú colgó durante todo el show del pedestal donde Sofía recargó su micrófono. El peluche, con los ojos cerrados y los labios hacia abajo, fue la antítesis del espectáculo de la banda.

Miradas cómplices entre ellos. Fernando jugaba con sus tambores, se reía después de cada golpe; aniquilaba al mono que tenía al lado. El violín aderezaba cada canción. Su portador iba de un lado al otro repartiendo sonrisas entre el resto de la agrupación. Ronda de niños profesionales. Caras anchas en todos. Solos constantes en el escenario. Miradas de asombro. Clímax con Fernando dentro del público usando una mesa como su percusión favorita. Desenlace con él y Sofía en un duelo de golpes al instrumento. Dieron señales de invocar a un dios y se invocaron a sí mismos.

El Metro, siempre caprichoso para cerrar pudo ser la causa que dejó con menos gente al Lunario. A Los Músicos no les importó. Mejor, así tienen más espacio para bailar. Desde el arranque convencieron al público de bailar. La danza no fue constante, pero existió en casi todo el espectáculo. La presencia de una especialista paró el arte corporal para dejar a su paso miradas de admiración. La de Edi Kistler (Liquits) provocó el regreso de la danza y la aparición de coros. Dámaso Pérez Prado, homenajeado por Los Músicos de José desde hace más de un año, volvió a la vida y se instaló en las cinturas de la gente y los dueños temporales del escenario. ¡Mambo! El cierre, exigido a partir del "otra, otra" refrendó lo visto, danza, sonrisas y complicidad constante.



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NACIONAL 17/7/2017


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